Escribe Diego Pajares Herrada (@diegopajaresherrada) / Fotos Archivo Personal
A dos años de haberse alejado del judo, Brillith Gamarra regresó para escribir una página inédita: convertirse en la primera mujer peruana en subir al podio de un Grand Prix. La viral imagen en la que abraza su medalla —al estilo Messi— no fue un gesto casual: es la prueba de un regreso tan inesperado como contundente. Ella nos cuenta su historia.
Hay fotos que se hacen sin pensar, pero que encierran una vida completa. Como la de Brillith Gamarra abrazando su medalla de bronce del Grand Prix de Lima —imitando la imagen de Messi con la Copa del Mundo—, que puede parecer un gesto juguetón. En realidad es una declaración silenciosa: estoy de vuelta. Y está de vuelta después de haber desaparecido del judo, después de dos años en los que ella misma no se pensaba como una atleta ni veía un futuro en el tatami.
Fue una época dura para Brillith: “Me sentaba frente a la pantalla, enviando currículums que nadie respondía. Luego, trabajé como empaquetadora. Cuidé a los hijos de mi hermana. Lo hacían para tratar de ayudarme”. Mientras tanto, estudiaba Ciencias del Deporte como podía. Y las competencias de Judo seguían sin ella. El país seguía sin ella, que de joven le había dado tanto. Y aunque no lo decía, Brillith sentía que si no era deportista, no era nada.
LIMA 2019 Y LA PANDEMIA
Su identidad se quebró con una lentitud dolorosa. Primero las derrotas en los Panamericanos de Lima 2019, un año que la desgastó. “Se suponía que era local, con toda la gente apoyándome. Me dolió no haber podido lograrlo”, nos cuenta. Luego la pandemia, el ritmo perdido, la falta de resultados. Después, las dudas: “¿y si ya no soy buena?”, se preguntaba. Lo que vino después fue la parte más silenciosa: “Me despertaba sin un plan, sin equipo, sin calendario. Solo tenía la rutina doméstica y trabajos temporales. Pero mi cuerpo, pese a todo, seguía pidiendo deporte”.
Incluso cuando creyó que ya no volvería, una noticia la remeció a Brillith: los próximos Juegos Bolivarianos 2024 serían en Ayacucho. Su tierra. No sabía aún dónde se haría el judo —al final fue Lima— pero eso no le importó. Algo se encendió. “Ahí quiero estar, pensé. No tenía cómo ni con qué, pero decidí empezar de nuevo”, revela. En mayo volvió al entrenamiento. Sin apoyo estable, sin planificación internacional, sin el ritmo que tuvo durante más de una década. Pero había algo que no se había oxidado: la disciplina que se forma entrenando desde los 14 años. Esa certeza física de que, si uno regresa, aunque sea desde cero, el cuerpo responde. “Llegué al Grand Prix sin expectativas. No era la favorita ni una figura mediática. Para muchos, incluso dentro del circuito, simplemente ‘estaba de vuelta’”, comenta. Pero el judo no responde a etiquetas: sino al día, al minuto, a los segundos finales.
El día de la competencia, cuando anunciaron su nombre, Brillith sintió un temblor. No por miedo, sino por la magnitud del evento: luces, cámaras, música de combate. El tatami —esa superficie suave pero exigente donde se define todo— la esperaba. Su entrenador solo le dijo: “disfrútalo”. Como si disfrutar fuera fácil cuando se juega el regreso en un solo combate. Su pelea por el bronce no fue un espectáculo, sino más bien un ejercicio de concentración. La rival de Azerbaiyán acumulaba faltas; ella, pocas. “Yo avanzaba, insistía, presionaba. En judo, a veces se gana por técnica, a veces por estrategia, y a veces por carácter. Ese día siento que combiné todo. Faltaban segundos cuando la rival cometió la falta decisiva. Y con ella, la victoria. La medalla de bronce.
Brillith Gamarra se convirtió así en la primera mujer peruana en lograr una medalla en un Grand Prix de judo. De eso se enteró después. No hubo celebración desbordada. Hubo alivio. Un regreso sin discursos.
LA FOTO “A LO MESSI”
La historia de la foto viral abrazando su medalla llegó después, en el dormitorio, casi como un juego. Sus compañeros le dijeron: “haz la foto tipo Messi”, y ella obedeció sin pensar. Sonrió. Se dejó llevar. Y la imagen, tan simple como sincera, se volvió el símbolo perfecto de lo que había logrado: no tanto conseguir la medalla, sino la recuperación de su identidad. Porque la vida de Brillith en estos últimos años no fue una historia deportiva. Fue una historia humana: trabajar donde se pueda, dormir poco, sostener a la familia, estudiar, intentar no quebrarse. Volver a entrenar desde abajo, llegar a una competencia sin ser favorita y demostrar que el tiempo fuera del tatami no le quitó valentía.
Hoy, cuando habla de lo que viene, no promete podios ni resultados. Habla de preparación. De volver a disfrutar. De estudiar para entrenar mejor. De entender el cuerpo y la mente desde otro lugar. Ya no quiere vivir el deporte desde la obligación, sino desde el sentido. Brillith Gamarra no volvió para recuperar lo que perdió. Volvió para recuperar lo que siempre fue suyo: su historia. “Si algo me queda claro de esta versión de mí, más madura, más serena, más consciente de lo que cuesta caer y levantarse, es que regresar también es una forma de ganar. A veces la más difícil. A veces la más honesta”, dice. Al final, ¿qué es el judo para alguien que se fue y regresó? No solo un deporte. Es un lugar. Un punto de partida y de llegada. Una forma de decir: estoy aquí nuevamente. Y eso, para Brillith, vale incluso más que una medalla.
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