Escribe Jaime Bailón
“Si quieres explicar a un niño o a un adulto qué es la felicidad, no necesitas hablarle: solo hay que darle una pelota. Y el libro de Jorge nos recuerda esa felicidad de cuando jugábamos al fútbol con nuestro padre o fuimos al estadio con él por primera vez”.
Un amigo escritor nos decía que no era fácil hacer novelas sobre fútbol; si bien en el juego podía haber imponderables y triunfos heroicos, sus reglas hacían que todo fuera, de alguna forma, predecible. Sin embargo, lo que no es predecible son los actores involucrados: los hinchas, los jugadores, los periodistas. Además, el fútbol es una religión —la menos letal de las religiones porque es politeísta, tiene muchos dioses (Pelé, Mbappé, Ronaldo, Maradona, Messi, etc.) las religiones monoteístas suelen ser muy intolerantes— y, como toda religión, cuenta con muchos fanáticos, pero también con una profunda desconfianza por parte de los intelectuales.
Sin embargo, en la Facultad de Comunicación donde yo estudié, a mis profes de la Universidad de Lima les gustaba mucho el fútbol y nos contaban anécdotas de futbolistas. Recuerdo que con Jorge Deustua nos divertíamos mucho en la cafetería de la universidad conversando sobre historias de partidos y jugadores. Había una en particular que es casi una pequeña tesis filosófica. A fines de los años 90, había un jugador chalaco célebre por sus excesos; su nombre era Carlos «Kukín» Flores. La prensa lo conocía como el díscolo Kukín, amigo de la noche y de los excesos. Esta vida había hecho que terminara jugando en Huancayo y, para variar, se convirtió en figura. Un grupo de periodistas lo llama y le dice: «Kukín, al menos aquí en Huancayo estás lejos de las infernales noches limeñas». Y Kukín le responde: «¿Quién te ha dicho que el infierno es un lugar? Yo me puedo ir a la China y el infierno viene conmigo». Un equivalente a Borges cuando hablaba de los paraísos y nos decía que los únicos parecidos no negados a los hombres son los paraísos perdidos.
Otra anécdota de futbolistas es la del «Cóndor» Mendoza, figura del Brujas de Bélgica. El 30 de marzo de 2005 ocurrió el gol fallado más recordado de la historia, para las eliminatorias de Alemania 2006. Solo en el fútbol se pueden recordar los goles hechos y los fallados; tengo amigos basquetbolistas y no tienen el recuerdo de ninguna canasta memorable. Bueno, el «Cóndor» falla el gol y al otro día todos los jugadores salen de la concentración cabizbajos; el único sonriente era él. Los periodistas le dicen: «Has podido dormir, Cóndor, has fallado el gol que podría habernos dado la clasificación». Y el «Cóndor», sin perder la sonrisa, les responde que durmió muy bien y que, si no vamos al mundial, no es por el gol que falló esa noche —él es goleador en Europa y ha fallado también muchos goles—, sino que, si no vamos al mundial, es también por los goles que fallaron Pizarro, Guerrero o Solano. No hay una sola causa para un acontecimiento, hay múltiples causas; esto es filosofía, esto es David Hume.
Los futbolistas peruanos piensan mucho, yo diría que piensan demasiado. Cuando le preguntaron a Ronaldo, el «Fenómeno» brasileño, en qué pensó cuando hizo el gol que convirtió a Brasil en campeón mundial, su respuesta fue fantástica: dijo que en nada. Le haces la misma pregunta a un jugador peruano y te dice que pensó en su viejita, en la patria, en su niñez en Chongoyape.

Los hinchas también son una historia aparte, y Benito es el alter ego de mi amigo Jorge (luego Jorge me desmentirá si no es Benito). En mi caso, recuerdo no haber escogido ser hincha de Alianza Lima; bueno, soy hermano de Julio Baylón y en mi casa ser aliancista era algo natural, como comer panetón en diciembre o tu helado D’Onofrio en el verano. Yo acepté mi destino, acepté ser aliancista casi como una fatalidad. Borges decía que ser un escritor es también una fatalidad, como ser un poeta o un príncipe: uno no escoge, simplemente te toca. Pero hay fatalidades peores, por ejemplo, la que le tocó a mi amigo Jorge: ser hincha del Municipal, equipo que todavía existe, pero no sabe dónde más descender.
Hay una película argentina, El secreto de sus ojos, donde descubren a un criminal que había cambiado de identidad y de residencia, pero no había cambiado su hinchada por Racing, y lo capturan en el estadio. Uno puede engañar a su jefe, fingir el amor a su pareja, pero no puede fingir su hinchada por un equipo.
Ahora sí voy a hablar un poco de la novela; obviamente no se las voy a contar, quiero que la disfruten, pero sí les voy a adelantar algo: trata sobre nuestra identidad. Hay muy pocas cosas que nos unen a los peruanos: el fútbol, la comida y un pasado incaico precolombino glorioso. Pero la primera y la última han tenido siempre un sino trágico. La mayoría de las veces en el fútbol jugamos mal y perdemos, y cuando jugamos bien también perdemos, en esos minutos finales donde nos viene la tentación del fracaso. O estamos ganando y nos anulan el partido, como pasó en los Juegos Olímpicos de 1936, cuando la selección peruana —integrada básicamente por el «Rodillo Negro» de Alianza Lima— le gana al equipo de Hitler, y cuenta la leyenda que el Führer estaba allí, pero luego el partido es anulado (según Augusto Ferrando, porque la pelota no era víniboll). Y bueno, ya todos sabemos qué pasó con los incas: también esto perdieron.
¿Hay forma de poder cambiar esto? De repente, dejar el fútbol y patrocinar más el tenis o el surf, donde parece que nos va mejor. Pero el problema con esos deportes es que no tienen recuerdos; obviamente podemos recordar a tenistas peruanos valiosos y a campeones y campeonas de surf, pero no me puedo acordar del juego en sí. En cambio, en el fútbol yo me puedo acordar de muchos partidos: la voz entrecortada de los narradores, el gesto de mi padre (que era un hombre muy serio) viéndolo sonreír cuando Perú clasificó al mundial de Argentina en el 78, y su tristeza y desazón cuando Gareca con la selección argentina nos elimina del mundial del 86. El fútbol tiene recuerdos, que no es lo mismo que la memoria; la memoria es el insumo, pero el recuerdo es algo que uno recrea cuando conversa con sus amigos de algún partido memorable. Si a los hombres les gusta el fútbol, la pichanga no es la actividad física necesariamente; lo importante es el after, el después, cuando con cervezas nos ponemos a recordar y reinventar el partido que acabamos de jugar, aunque en nuestra imaginación sea un encuentro de la Champions.
Yo nací negado para la práctica del fútbol; creo que no era tan malo, pero intentar compararme con Julio y Sandro Baylón era imposible, así que lo abandoné por la filosofía, con la que tengo una vida con cierta dignidad. Sin embargo, un verano me puse a jugar con mi hijo y sus amigos; no sé si ellos se divirtieron, pero yo sí me divertí mucho, me sentí Mbappé por cinco minutos. Luego, en la arena, conversamos sobre las jugadas. Si quieres explicar a un niño o a un adulto qué es la felicidad, no necesitas hablarle: solo hay que darle una pelota. Y el libro de Jorge nos recuerda esa felicidad de cuando jugábamos al fútbol con nuestro padre o fuimos al estadio con él por primera vez.
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